lunes, 5 de noviembre de 2012

NO PUEDE SER



Una tarde te vi al pasar
embriagada de vino la pena,
borracho el caminar tembloroso,
sombras de la noche en la mirada
de esas pupilas negras extraviadas
en el tormento que da el alcohol.
Me cautivaron esos ojos tiernos,
encerrados bajo el arco tupido
de tus cejas, donde por el rabillo,
escapan destellos de impotente ira,
luces de melancólica ternura,
que llegan hasta mi triste soledad,
divagando, embelesados, enamorados,
desnudándome en el aire, sonrrojándome.
Y puedo presentir solo con mirarte,
los deseos eróticos que en ti se desatan,
cuando mi cuerpo pasa por delante
de tus brazos y tus manos se cierran
en un gesto de impotencia por no alcanzarlo.
Y puedo ver hasta sangrar tus labios
mordiéndote entre bronca y deseo.
Si hasta en la quietud del silencio
escucho estremecer tu cuerpo,
cuando en el aire mi perfume te invade.
Y llegan hasta mis oídos mil te quieros,
escapados en dulces palabras,
pronunciadas en silencio,
en un imperceptible murmullo
de tus labios seductores, voluptuosos.
Celoso guardián de mi figura
que mueres cada noche en cada copa.
No hay serenidad mas profunda,
que aquella que emanan tus ojos
en la alborada luminosa del día,
cuando del vicio te has escapado.
En la claridad de tu mirada
aflora un alma sencilla y pura,
que embriaga de misterios
el sueño en que me muevo.
Y en ese loco devenir
de horas vacías y tardías,
puedo sentir la brasa de tus labios
en el roce del viento sobre mi piel.
Y es que tu deseo es tan fuerte,
que llega desde mi cansancio,
hasta mi sueño de imágenes rotas.
Desde tu desvelo hasta mi quietud.
Y puedo ver, sin estar mirando
en llamas ardiente tu pasión,
turbándote y erizándose tu  piel.
Quemándote las ideas y el sentido,
haciéndome culpable de tu amor.
Y vuelves de nuevo al refugio
torpe, lastimero del alcohol.
Se te van extraviando tus ojos negros,
se te va frunciendo el ceño.
La dulce tibieza que encierran tus labios
se vuelven dagas hirientes
que disparas contra mi, 
cuando mis labios te dicen que no.
Y en esa loca embriaguez que te consume,
quemándote en los fuegos fatuos de tu amor,
en el desvarió que te embelesa,
no entiende tu razón que eres mi amigo.
Te debates incansablemente,
entre mi imaginación que te perdona
y esta realidad que te condena.
En este éxtasis mental
a que el amor te ha condenado,
no comprendes que no puede ser.
Somos dos como el agua y el aceite.
Tu eres vendaval de furia y pasión,
yo remanso de aguas calmas.
Tu un huracán que arrebata,
yo la montaña enhiesta.
Tu cabalgas en la cresta de las olas,
eres mar que arremete,
yo la roca a la que embistes.
Yo témpano de hielo en el glaciar,
tu sol abrasador en el desierto.
No puede ser.
Seríamos dos lágrimas al viento
que rodando se secarán.
Dos almas consumiéndose en llamas
en holocaustos de celos eternos,
dos corazones partidos a la mitad.
Seremos dos por separado.
Comprende que no puede ser.
                                      
De Carmen Tejedor

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