Son tus ojos dos brasas de cristal
que se derriten en una hoguera,
irresistible deseo apasionado
que dejan al desnudo tu morboso amor.
Son negros escarabajos que se pierden
tras el vuelo que da mi pollera
moviéndose de un lado al otro
al ritmo cadencioso de mi cadera.
Son dos azabaches, cuarzos que brillan
locos, extasiados y se embelesan
en mi escote, de atrevido hueco,
con el leve movimiento de mis senos.
Son cual crepitar de auroras
donde se funden el cielo con la tierra,
donde se deshacen en deseos y pasión
en el nervioso parpadeó de tu mirada.
Son tus ojos que vigilan celosos
mi tiempo y mis espacios,
son dos lunas de vino trasnochados,
embriaguez que te lleva hacia el olvido.
Son pupilas que frenéticas se agrandan
como dos estrellas que brillan desbordantes
si me ves caminar como al descuido
en el contorno de algún pantalón ajustado.
Son tus ojos como dos noches sin lunas
cuando la mirada se te vacía.
Imposible afán de conquistarme
y la tristeza se los consume.
Son dos gotas de roció extasiados,
frágil cristal que se rompen
como dos plegarias al tiempo,
suplicando desde tu infierno.
Son tus ojos dos cirios encendidos,
dos llamas que se funden,
que me queman el suspiro,
dos diademas que me imploran.
Son fulgores de soles y luceros
entre los escombros derrotados,
los venció mi porte y mi figura,
los mató la insolencia de mi desdén.
Son tus ojos dos diamantes en bruto,
sin tiempos ni memorias,
escudriñando en mis noches,
de este insensible corazón encarcelados.
Son olvidos de vientos blancos,
necios y sordos cascabeles
que me desnudan en tu mente,
entre tu morbo y tus deseos.
Y son mis ojos dos cristales de hielo
que te miran en el silencio de lo absurdo.
Te miro, y, lloro, por que no me conmueves
mas allá de la pena que me inspiras.
De Carmen Tejedor.
Son negros escarabajos que se pierden
tras el vuelo que da mi pollera
moviéndose de un lado al otro
al ritmo cadencioso de mi cadera.
Son dos azabaches, cuarzos que brillan
locos, extasiados y se embelesan
en mi escote, de atrevido hueco,
con el leve movimiento de mis senos.
Son cual crepitar de auroras
donde se funden el cielo con la tierra,
donde se deshacen en deseos y pasión
en el nervioso parpadeó de tu mirada.
Son tus ojos que vigilan celosos
mi tiempo y mis espacios,
son dos lunas de vino trasnochados,
embriaguez que te lleva hacia el olvido.
Son pupilas que frenéticas se agrandan
como dos estrellas que brillan desbordantes
si me ves caminar como al descuido
en el contorno de algún pantalón ajustado.
Son tus ojos como dos noches sin lunas
cuando la mirada se te vacía.
Imposible afán de conquistarme
y la tristeza se los consume.
Son dos gotas de roció extasiados,
frágil cristal que se rompen
como dos plegarias al tiempo,
suplicando desde tu infierno.
Son tus ojos dos cirios encendidos,
dos llamas que se funden,
que me queman el suspiro,
dos diademas que me imploran.
Son fulgores de soles y luceros
entre los escombros derrotados,
los venció mi porte y mi figura,
los mató la insolencia de mi desdén.
Son tus ojos dos diamantes en bruto,
sin tiempos ni memorias,
escudriñando en mis noches,
de este insensible corazón encarcelados.
Son olvidos de vientos blancos,
necios y sordos cascabeles
que me desnudan en tu mente,
entre tu morbo y tus deseos.
Y son mis ojos dos cristales de hielo
que te miran en el silencio de lo absurdo.
Te miro, y, lloro, por que no me conmueves
mas allá de la pena que me inspiras.
De Carmen Tejedor.

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